17 de septiembre de 2012

Al dente


Que la publicidad es denostada por muchos con razón, es cierto y válido. Tan cierto y válido como que todos consumimos, en alguna medida, publicidad. Desde el preciso momento en que vivimos en un sistema económico —que es, en todo caso, lo que debería ser denostado— en el que hay infinidad de mercancías para comprar y que esas mercancías compiten entre ellas para ser las compradas y no otras, la publicidad se transforma en algo crucial ya que establece el vínculo (tanto meramente informativo como taimadamente afectivo) entre el potencial comprador y el producto.

El tema es complejo y apasionante pero como no soy economista ni lo quiero ser, el objetivo de este post baja pretensiones y se allana: apunta a alabar estéticamente el aviso de la marca de pastas secas Matarazzo la que, hábilmente, le da un cachetazo a todas las otras marcas que plantean a la pasta como una comida familiar, estereotipada, sin otro acompañamiento que el tuco y con la mamá hacendosa al frente de la cocina, esperando a papá que llega cansado del trabajo con rigurosos dos niños sentados juiciosamente a la mesa.

El aviso hay que verlo y disfrutarlo (la música elegida —"Burn", de Deep Purple— es extraordinaria) ya que es transparente en sus intenciones y en su bienamado y omnipotente target: personas de veinti, treinti (¿cuarenti?) pico de años a las que los fideos las sacan de un apuro, ya que se hacen rápido, aunque sea con distintos acompañamientos y formas. La nona y la familia no quedan de lado (¡estamos hablando de publicidad masiva!) pero el modo, el tono y la factura técnica hacen que este aviso se destaque en su rubro*.

El círculo del consumo se completaría si yo, ahora, voy a un almacén o a un supermercado y compro Matarazzo. No creo que ocurra, ya que suelo consumir otra marca de fideos y la publicidad no es tan poderosa como se suele creer, pero sí creo que es justo decir que el aviso da ganas de comerse un buen plato de fideos, subir el volumen y mover la patita.

* Algo similar ocurre con Luchetti y su simpática familia animada.

4 de septiembre de 2012

La salud de las instituciones, segunda parte


El diseño gráfico suele jugar en dos terrenos complementarios, el del ser y el del parecer. No hay misterios: no alcanza con ser genuinamente sino que hay que parecer serlo, y de manera clara y convincente. Si no, hay problemas.

En este caso, el baldío sigue siendo un baldío inmundo y mugriento; la puerta de acceso sigue estando atada con alambre y algo desencuadrada pero... hay alguien, sensato, que se encargó de mandar a hacer este simple cartel, el cual cumple una función a todas luces importante: la institucional. Además, comunica que allí no se puede estacionar porque  funciona, no un aguantadero como puede intuirse por su apariencia, sino una playa de estacionamiento policial, correspondiente a la comisaría 12; todo rubricado con el escudo de la PFA, como corresponde.

No obstante que hay altísimas chances de que no haya habido un diseñador gráfico involucrado en la resolución de esta pieza, debemos decir que el cartel no cumple con requisitos básicos de legibilidad a distancia (no se ve de costado y, por su reducido tamaño, a unos cinco metros cuesta leer qué dice abajo de la señal de "Prohibido estacionar") ni responde a un código visual utilizado por la Policía en otros soportes (aunque quizá no exista tal código...), pero esto no tiene tanto valor como que alguien, anónimo, notó que lo otro era grosero, burdo y sospechoso.

3 de septiembre de 2012

Lalala Nación


Fuente: www.lanacion.com

Entre ácido y banalmente crítico, lo primero que pienso cuando leo la nutrida y elegante batería de justificativos, razones y explicaciones de los cambios en el diseño de un diario de la magnitud de La Nación es "si tan mejorables eran todas esas cosas, ¿porqué no las cambiaron antes?".

Luego, más serio, rastreo con avidez la cuestión tipográfica, crucial en un periódico. Y en este caso encuentro, con cierta decepción, que, una vez más, un diario argentino no eligió tipografía argentina (o hecha por argentinos en el exterior) para componerse. Esto, lejos del chauvinismo barato, es signo de que la vasta e innegable producción de tipografía de calidad que se da en estos lares aún no ha logrado la suficiente versatilidad o visibilidad como para competir con Europa o EEUU, centros mundiales del diseño tipográfico occidental y de excelencia. Es más, pienso, ante la eventual e improbable ausencia en el mercado de fuentes argentino de un sistema tipográfico de las características buscadas por el diario no es loco pensar que podría haberse encargado su diseño a pedido y a medida a una fundidora local. Pero no, mejor vamos con dos familias portuguesas (Prumo y Sueca; bellas, elásticas y funcionales, cómo negarlo) que le hacen honor al papel que la inmigración tiene en nuestra historia...

Por otra parte, ¿por qué cambia de diseño un diario? Creo que LN no cambió radicalmente, eso hubiera sido una locura: entre otras muchas cosas, se modificaron tipográfica y espacialmente algunas de sus cabeceras y balcones; se trabajó en el lenguaje visual de infografías y gráficos; se agregaron algunas cosas novedosas —como el ristretto, en el que el editor explica porqué es importante la noticia que se leyó o se está por leer o la interesante y renovada parte de entretenimientos de la reiteración* de la contratapa (sic)—; un suplemento más, el sábado (imperdible y simpática gaffe ver copetes y textos de sus miniaturas compuestos en algo similar al famoso "Lorem ipsum") y un tanto anémico rediseño, desde el nombre hasta el interior, de la revista dominical, que deja de llamarse LNR y pasa a llamarse R

En resumen, se dosificaron hábilmente pulcros cambios estéticos a la medida del lector del diario que, ya se sabe, es es su mayoría conservador (no digamos de derecha que suena duro), de clase media, media-alta o más bien alta... y con espacio: el diario sigue siendo, y seguirá mientras haya bosques para talar, sábana lo cual excluye su lectura en espacios reducidos o parado mientras se viaja en subte. Se mantuvo la elegancia, con guiños y aggiornamientos que siguen por el mismo camino que el diseño anterior, sin revolver demasiado el estofado, como debe ser. Creo, dicho esto, que el diario sigue siendo lo que era, pero con una lavada de cara que en algunos casos es atractivo maquillaje —lo renovado siempre atrae— y en otros propuesta y clara mejoría en la experiencia de lectura.

Una cosa loable del rediseño es la prolijidad de entregarlo todo junto, de golpe, sin baches. Un trabajo titánico del equipo encargado de hacerlo que realmente no parece, a simple vista, tener desajustes.

Fuera de este post quedará quizá lo más sustancioso y debatible que es, como siempre que se habla de diseño gráfico, la relación inextricable que hay entre forma y contenido; y si de contenidos hablamos, La Nación seguramente seguirá otros 142 años igual, sin rediseño que valga.


* Errata observada en el diario; debió decir retiración.